Recuerdo lo rizado en tus cabellos, semejante
a serpientes grises con cinco mudos deseos.
Echo de menos al sol que posado sobre tus ojos
eclipsaba el negror de la cuna en tus pestañas.
Días de guardar en mi memoria, donde atletas
nos rebasaban galopando cual caballos heridos.
A mi lado estabas… y yo respiraba el sudor
que en tu cuello sibarita se encharcaba.
Tu jadeo alimentaba mi hambre de niño,
atrás me quedaba para admirar tu espalda.
El temblar en tus muslos me llamaba, y entonces
una voz en mi cabeza me decía que todo acto
era una expresión del amor que yo sentía.
Y enredaba a mis dedos tu nevada sonrisa
que en el lago Merritt me regalabas.
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