Me recito a Cernuda
porque esta noche sólo un poeta
puede entender mi necesidad
de recurrir al insomnio.
Pende del techo una lámpara
que si cayera sobre mí
sería una enorme diente de león
deshojada por el viento.
Te imagino calzando un par de Keens
y en mis ojos la gracia de tu cuerpo
Tu tibia espalda, y es forma de caminar
entre infatil y ligera.
Yo, que no soy piedra, sino camino que cruzan al pasar los pies desnudos, muero de amor por todos ellos; les doy mi cuerpo para que lo pisen, aunque les lleve a una ambición o una nube, sin que ninguno comprenda que ambiciones o nubes no valen un amor que se entrega. Luis Cernuda.
miércoles, 16 de marzo de 2011
viernes, 11 de marzo de 2011
Desde mi corta altura contemplo al mundo.
De pie,
con las manos zurcidas a los bolsillos,
sin nada que ofrecer que no sea este intento
de accidentada poesía.
La escritura es un óbolo que se paga
sólo si dejo caer la pesantez mi de flojera
en los altivos renglones del papel.
Tullida se vuelve la caligrafía,
presuntuoso el acto de reemprenderla.
Esquivando estoy a los vendedores
de impaciencia que se me abalanzaban
como abejas.
Aletargado, sin un Cavafis arrancándome del sueño.
De pie,
con las manos zurcidas a los bolsillos,
sin nada que ofrecer que no sea este intento
de accidentada poesía.
La escritura es un óbolo que se paga
sólo si dejo caer la pesantez mi de flojera
en los altivos renglones del papel.
Tullida se vuelve la caligrafía,
presuntuoso el acto de reemprenderla.
Esquivando estoy a los vendedores
de impaciencia que se me abalanzaban
como abejas.
Aletargado, sin un Cavafis arrancándome del sueño.
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