lunes, 23 de enero de 2012

A Mariapia Lamberti

Recuerdo ancora esas tardes... sin hablar.
Aturdidos por el bramido de los versos apenas leídos,
apaleados por nuestro poeta ya olvidado por el mundo,
le calzábamos al silencio los zapatos
y sólo una colérica sirena lloraba a lo lejos.

De pronto, la pequeñez de un colibrí,
llegaba aleteando impaciente en tu jardín.
Todo el desconsuelo alojado en nuestros cuerpos
se iba si uno de tus gatos maullaba, a la espera de una caricia,
su canto triunfante ante la vida.







Para entonces, el ruido de las sirenas o en los labios ya teníamos lo amargo de la vida.

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