Recuerdo ancora esas tardes... sin hablar.
Aturdidos por el bramido de los versos apenas leídos,
apaleados por nuestro poeta ya olvidado por el mundo,
le calzábamos al silencio los zapatos
y sólo una colérica sirena lloraba a lo lejos.
De pronto, la pequeñez de un colibrí,
llegaba aleteando impaciente en tu jardín.
Todo el desconsuelo alojado en nuestros cuerpos
se iba si uno de tus gatos maullaba, a la espera de una caricia,
su canto triunfante ante la vida.
Para entonces, el ruido de las sirenas o en los labios ya teníamos lo amargo de la vida.
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