Compro juguetes mugrientos
que lavo y lavo hasta borrar
las marcas de sus antiguos
dueños, quizá todavía niños.
Los expío de toda culpa
hasta volverlos casi santos
sobre un pedestal
y desde mi corta altura
los muevo hasta erigir
la escena que pueda humanizarlos.
Dos marineros:
descalzos, rubios y con torsos
plastificados me acompañan
-en sus trajes el azul brillante
de las velas que alumbran un pastel
de cumpleaños-.
En sus rostros una mueca sonriente e inmovil.
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