domingo, 7 de marzo de 2010

Buena Vista Park (San Francisco, Calif.)

Uno a uno.
Víctimas tiritantes
dispuestas a entregarse.

Llegan solos.
Recorren el area olfatenado
el rastro de un pájaro herido.

Nerviosos.
Suben y bajan
escalones que los llevan
a la cima donde una jauría
en celo los espera.

Todo parece una fiesta furtiva.
Nadie es invitado
porque no hay nadie que celebre
el amor o la falta de éste,
sino que se eyacula
sobre un desconocido con el que
se hablabla hace un instante.
Y sólo un arbusto los abriga
ahora que sus ojos
se olvidan del llanto nontámbulo.

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