Había en casa un jacarandá.
Era un violáceo suave
el de sus flores que,
una a una, caían
como en un suicidio masivo.
Yo las contemplaba.
Aún vestían ese color tan suave.
Era tu jacarandá, papá,
y fue arrancada sin piedad
como tu sueño de verme
enredado en la normalidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario