miércoles, 24 de marzo de 2010

A Antonio Trejo

Había en casa un jacarandá.
Era un violáceo suave
el de sus flores que,
una a una, caían
como en un suicidio masivo.

Yo las contemplaba.
Aún vestían ese color tan suave.

Era tu jacarandá, papá,
y fue arrancada sin piedad
como tu sueño de verme
enredado en la normalidad.

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