El reloj marca las 6:00 am.(inicia el viaje cotidiano).
Así que te estiras, como rasgándote en cuatro partes.
Y te das cuenta que tu cabeza aún controla tu cuerpo.
Ya en la ducha tratas de recordar una canción, pero
se hace tarde y no hay tiempo para cantar.
Hay indicios de la pérdida de cabello, y en tu abdomen
se enredan dos cintas de grasa que te dicen: "hello sweety,
welcome to the 30's".
Sales de la ducha y prosigues a vestirte.
Es en ese momento que recuerdas que de niño
todo parecía más lento, la sopa siempre estaba caliente.
¿Recuerdas dónde te extraviaste?
En qué momento dejaste de mirar con los ojos de infante.
Pero no hay tiempo para pensar en días dejados atrás
o en sopas que ya a nadie le importan.
Te disfrazas de maestro, de alumno, secretaria o voluntario
y juegas el juego de todos los días:
Yo hablo
Tú escuchas
Tú hablas
Yo escucho
Se hace tarde para camuflar tu echar de menos a la ciudad
o a tu madre cantando en la cocina.
No hay ni una migaja de tiempo,
todo se ha hido al diablo
como el conejo que desaparece
del sombrero de un mago en crisis
de abstinencia.
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