lunes, 15 de febrero de 2010

Pasen a ver a León

Hay un sueño encallado constantemente
mientras duermo.
Sensación encasquillada que me obliga
a huir de alguien a mitad de la noche.
Y corro... corro por toda la ciudad,
pensando que debo escapar de aquel
que me pisa los talones.

¡No es seguro estar aquí!

Y despierto justo cuando el sicario
roza mi hombro con su mano ceñida
por un guante. Mas sus palabras
no son las de un sicario,
sino las de un amante que me dice:
"Hola cariño, bienvenido a casa".

La ciudad es una fría taza de té
con la marca de unos labios en el borde.
Vacia.
Ahí donde el último habitante acaba
de desaparecer como en un rapto y solo
estoy.

En los parques aún se puede ver el rastro
de los niños jugando al hado, los autos
encendidos tocan una música funesta
y las máquinas de café chorrean su agua
hirviente como en una eterna fiesta.

Todo es mi culpa o culpa mía.

Me siento como si hubiera hecho algo
terrible y papá me castigará dejándome
solo. Luego en mi cuerpo siento un golpe
en el abdomen.
Hay algo de sangre en mi saliva.

Pero ya no importa.

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