lunes, 23 de noviembre de 2009

A mi madre ya cansada

Padezco la lejanía. ¡Madre!
Hoy que besuqueo al amor
por la espalda y el hado
lleva hacia otros rumbos

donde te llevo conmigo.
Y tu cuerpo cansado,
tus anchos pies detrás
de los míos.

Te dejo con tu mirada
perdida. Con el eterno
sufrir porque no salvas
a tus frutos de aquel
que te los arranca
uno a uno.

Madre: si sólo pudieras
desistir del sempiterno
dolor, sería yo el más
feliz de tus vástagos
porque tu tristeza cala
también sobre la mía
que igualmente se vuelve
hacia mi rostro.

Me despedí con palabras
entrecortadas,pájara
enjaulada en tu doler
por vernos partir hacia
unos brazos que no son
los tuyos.

Pero te llevo en mi
memoria, en mi cuerpo
que huele a ti
y a los nardos que tanto
amas, a tus canarios:
matinales cantarines.

Toda tú estás en mí
y en todo lo que hago.
Me hace falta tu brío
de soldado emperifollado
con melancolía.
Decifro mi conciencia
pensando en tus ojos
pequeños como de pájaro.

Regresaré contigo y tu
tristeza.
Regresaré porque me pesas
en el alma si no te veo...
Diré al mundo tu nombre
con todas sus letras, sin
morderme la lengua. Sabrán
entonces que fuiste no sólo
madre sino guerrera ciega
en el dolor de vernos caer
en lo que tú llamaste error.

Pero aun así, esos hijos
te extrañan y te besan
la frente desde lejos
donde se confiesan fieles
al amor que tú les diste.

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