¡Oh, gran Catulo de Verona!
Tú que inerme retaste al amor:
a quién diablos llamabas cuando
maltrecho te rendías delante
de los días perdidos en ásperas
compañías.
Sólo entonces recordabas
que tu machacado corazón pendía
del vano de la puerta del deseo
y frío estabas por no tener
un hombro sobre el cual descansar
tu mollera vestida con la serenidad
de una bomba de tiempo.
Al igual que tú, también yo me animalizo:
babeando como un colgado en la necesidad
del estar enamorado. Liberto que regresa
a la cordial intoxicación de los plácidos
besos del amante que me corresponde.
¡Oh, gran Catulo de Verona!
Sólo al escribir es como si me incendiara.
Lo sabes.
Estar vivos y mirar como si ya nos hubieran enterrado:
nuestro miedo más aterrador.
No hay comentarios:
Publicar un comentario