Los besos dados se asemejan a charcos
de lluvia en la tácita boca fragmentada
que no pronuncia mi nombre para no blandir
la embustera navaja entre sus labios.
Boca que devoró mis sueños no soñados:
amante austero fuera de la mente.
Dia y noche esa boca es despertada
por la erecta lengua incontrolable
que se muerde a sí misma para no
deletrearme y los dientes tiritan
de ganas el sabor del inconcluso
encuentro hasta romperse.
Memoria descoyuntada, penetrada
por la intención de llegar hasta
el poema que nunca termina de escribirse.
Poema nacido de una penetración que
se recuerda por siempre y que regresa
una, otra y otra vez tomando al amante
ahora solo.
Añoranza de las noches en las que la luna
era blanca sábana sobre los cuerpos aún
adheridos entre sí y que el alba ladrona
se llevaba besandonos la frente... cuerpos
inhertes después del fin de un último duelo
entre nosotros:
hermanos del turbio amor.
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