viernes, 29 de mayo de 2009

A mi madre dormida

Ya tus brazos no me esperan.
Diez meses de ausencia
que esta noche son diez años.
Hoy que me siento tan
vulnerable a tu recuerdo
te veo sentada en el viejo
sillón con el gancho entre
los dedos, con un ojo más
pequeño que el otro
y tu cabello enmarañado.

Yo, el siempre solitario,
el más joven de tus vástagos
y el más viejo para renacer
una vez más.

Qué tu recuerdo me consuele
en mi desvelo donde escucho
al perro correr con la fuerza
de un epiléptico y me regocijo
ante su felicidad.

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