Soldados del furtivo amor, uniformados
con la imbecilidad de la ilusión, durmamos
con las botas a medio atar en el tibio campo
de manos que estrujan otras manos.
Besemos, maternalmente, la frente de nuestros
adversarios que temblantes lamen las heridas
y orgullosos aplauden la gracia en nuestros cuerpos.
Sicarios somos del amor,
buscando un clandestino encuentro
ante el agónico sol de la tarde.
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