En el principio era el Verbo…
Y el Verbo se fue, dejándonos solos.
Abrazando tus Loas al cuerpo masculino
yazgo en los fríos muslos de una banca
y no sabes cuán tenue se torna la tarde
conmovida por rojo ardor en tus versos.
Regalo mis sobras saladas de esperanza
a oscuros pájaros que lentos se acercan
y nos miro en sus cuerpos ya cansados
de esperar inevitable partida sin tregua.
La gente me señala porque soy el eunuco
besando la erguida cola de la serpiente.
No hay color en mis párpados sicarios,
no circuncisión, sólo piel rozando piel.
Prematuro que te reza con manos vacías
en la fuente seca del parque San Martín
mientras contemplo la espalda sudorosa
de un obrero que mezquino me censura.
Bendita sea por siempre quien mencionó
tu nombre, despertando al niño que aún
mancha mi almohada con la baba cortada
de la inaguantable inocencia…
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