Inútil maldecir tu ausencia
ahora que te conozco.
Y el grato vagar estéril
que proclama infortunios.
Tú, que amaste tempestades,
te apareces en mi cabecera.
Con las manos tendidas al aire
besas mi frente ceñida de ti.
Yo, que aún duermo con muertos,
quisiera abrasar las noches,
cuando detrás de esa puerta
en silencio te esperaba
No hay comentarios:
Publicar un comentario