A S. R.
Te miro de lejos…
bajo la perfección de una regadera
que insanamente me consuela.
Siento tus pasos, semejantes al grito
estridente de un par de tambores.
En tu cuello, soldado, presumes amorfo
collar de tibias perlas viscosas.
Y me revelo en tus palmas, cuando hastiado
te acercas: chaval ojos de fiebre.
Pronuncias palabras y de tu inerte boca
emana el acedo olor a tragedia.
Blancas sandalias manchan mosaicos
con el fango del amor no correspondido.
Historia de tus días es lapidar con besos
el flotante lecho a los hijos de Sodoma.
Tienes treintaitrés…
¿Y sabes qué me da más miedo?
Que tengas mi nombre.
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