He quemado mis pies calzando
el plácido fuego de tus pasos.
Cálidos como un nido, sueños
adolescentes se desploman.
Chorros blanquecinos olvidados
en amargas oquedades.
Y ahora ya no puedo traducir
nuestra historia malsana.
Me cansé de esperar en cuartos
atestados de ciegos.
Mejor es que no me busques
el alma porque no tengo.
Ya nada me liga a ti: rumor
de un encuentro demacrado.
Salvo mis labios en la mortaja
de tu extinta epilepsia nocturnal
1 comentario:
Es de noche cuando los demonios hacen sus rondas. Y no es que la noche sea una entidad perversa, es que a ellos les gusta mirarse bañados del lenguaje de las estrellas.
Cuando un demonio se nos planta en la espina, sentimos calosfríos y después tristeza.
Y después nada, porque la tristeza más infinita es la de no sentir, la de la nulidad, la que se nos presenta como nuestra ausencia definitiva.
Pero llega la mañana y los demonios se van, calzando sus botas negras. Y las oquedades amargas siguen chorreadas no sólo de lluvias blanquecinas, sino también de todos los colores que soporta el espectro nocturno.
Todos los dolores se aminoran durante el día, pero resurgen, envalentonados y desafiantes, por las noches. Y los demonios vienen a jugar con ellos, y nuestros cuerpos son su estadio.
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