martes, 15 de abril de 2008

Licénidos

Entre paredes revestidas de mujer
un par de mancebos acalla su fiebre.
La casta puerta cerrada prensando
el tiempo. Arrogante, inacabable.

Sobre un buró, relojes contemplan
fascinados los versos apenas leídos,
ahora atrapados en los maternales
pliegues de las sábanas.

Él decía: “Me gusta ese silbido”
–era el afilador de cuchillos–
Él decía: “yo soy ausencia
en presencia... un fantasma”.

Sus voces descoloridas colgaban
de las blancas cortinas hechiceras.
Y el viento más fresco escribía
en sus frentes mensajes indescifrables.

La tarde entró sin avisar, rozando
la ciudad con un sol casi otoñal.
Cogieron sus ropas y enjuagaron
sus cuerpos delante de los perros.

Al despedirse intercambiaron
guiños abriendo los brazos.
Y por primera vez, la poesía
dejo que la vida la observara.

Su nombre es Ken… Kenneth.
Del de pestañas profundas

nada sé.

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